martes, 8 de marzo de 2016

Mirarse bajo todas las luces.

'i love myself.'
the 
quietest.
simplest.
most
powerful.
revolution.
ever.

—Nayyirah Waheed




¿Recuerdas la primera vez que alguien te dijo que eras sexy? No le creíste. Sexy se vestía con lencería de encaje negro y olía a perfume de diseñador. Sexy no tenía tus piernas flacas, tus pechos pequeños, tu cintura de niño. Sexy sabía exactamente cómo fingir un orgasmo al otro lado del teléfono. Sexy no se parecía a ti, o eso pensabas.

Tenías la edad en la que todavía se ignora que el secreto de Victoria es la goma espuma. La belleza tenía todos los nombres, salvo el tuyo; y “bonita” no era más que un titular amarillo en la portada de la Revista .

Es una lástima que para construir la propia imagen se necesiten tanto los ojos de los otros: Si te dicen la misma mentira una y otra vez, terminas por creértela; cuando nadie valida tu verdad, empiezas a dudar de ella. 


Esto es sobre el día en que andabas descalza con los rizos al viento, una niña te dijo que te peinaras y otra respondió diciendo que cualquier cepillo se rompería en el intento. Esto es sobre sus risas. Sobre el día en que tu hermano se llenó la carita de talco para que su piel luciera más blanca. Sobre la amiga que te dijo que sin importar lo mucho que se esfuerce, nunca encajaría en el canon de belleza dominicano. Esto es sobre cómo la palabra nunca te hizo un nudo en la garganta.

Ten cuidado con la versión de la historia que te cuentan los espejos. Cuídate del hombre que quiere encontrar a otra mujer en tus labios. Cuídate de ti, de las mentiras que te tragas con la facilidad de quien se toma una aspirina. No confundas estar buena con ser buena y jamás dejes de ser. 


La relación contigo misma es como tu relación con los demás, tiene sus altas y sus bajas, sus tintes encantadores y detestables.  Pero un día aprendiste a tratar con ternura tus partes difíciles de amar porque la única cosa mejor que encontrar belleza en el mundo es encontrarla bien dentro, cuando cierras los ojos. Cuestión de m
irarse bajo todas las luces y honrar el multiverso que uno encierra.

Porque esto es sobre cómo te sentiste la primera vez que te dijeron sexy, pero especialmente sobre cómo te sentiste la última vez.


¿Recuerdas la última vez


Ni siquiera tuviste que besarlo. Bastó con entrar a su cuarto y curiosear entre sus cosas, completamente vestida, después de haber pasado horas y horas entre conversaciones y risas. ¿Recuerdas el tono de su voz? ¿La manera en la que diste media vuelta y sonreíste porque sabías que sí?


martes, 5 de enero de 2016

El año en que aprendí a soltar.


The year of letting go, of understanding loss. Grace.
The year of the word "no" and also being able to say "you are not kind".
The year of humanity/humility. When the whole world couldn't get out of bed.

—Warsan Shire






I
Abandonar las certezas


Hay años que se abren paso dejando a tus pies un montón de preguntas. Tengo la impresión de que pasé 365 días intentando justificarme, tratando de dar respuestas a la altura de las expectativas de quien me interroga.

He tenido que contestar acerca de mis objetivos, de mis oportunidades de mejora y mis aspiraciones salariales. He tenido que dar explicaciones acerca de por qué estoy soltera, qué ando buscando, si serio o casual. Para qué volví. Por qué no me quedé. Si me arrepiento. Tuve que decir con voz entrecortada de qué falleció. Cuántos años tenía. Si éramos cercanos. Me han invitado a reflexionar sobre preguntas más densas como: "desde que murió a veces siento que la vida no tiene sentido, ¿también te pasa?","¿cuándo piensas sentar cabeza?" o "¿quieres que me aleje? ¿necesitas un tiempo?"

Muchas veces pude improvisar respuestas, otras veces tuve que apostar a la incertidumbre:

No sé qué decirte.

No sé.

Que quizás no era la respuesta correcta o la que estaban esperando, pero seguía siendo una respuesta. En ocasiones no sé es la única respuesta.



II
Soltarlo


Ve directo a tu lista de contactos. Edita su nombre y ponle el emoji de la mierdita al lado. Acuérdate de lo mierda que te hace sentir cada vez que se te ocurra llamar o hablarle. Ni le llames ni le hables.

Hasta que te hable él, por supuesto, y descubras que el silencio no se traduce en olvido. Total, que la meta no está supuesta a ser olvidar, sino aceptar. Aceptar que ya está, que ya fue, que a lo mejor nunca volverá a ser.




III
Soltarse


Sales una noche. Conoces a alguien, conversan, conectan. Su alma y tu alma de frente, danzan. De pronto no sabes cómo ha llegado tu lengua a su lengua, su mano a tus senos, tu vida a la suya.

Digamos que a lo mejor no es tan difícil. El amor no es tan difícil.

Pero, coño, ¿por qué no puede ser más fácil?



IV
Desatar la realidad de las expectativas


Hay una línea sutil entre luchar por algo y forzarlo. En algún lugar de esa línea casi pierdo mi amistad con personas que adoro. Algo acerca de las expectativas que tiene la gente y mi incapacidad para elevarme por encima de éstas, mezclado con algo sobre vivir en mi mundo en lugar de en el mundo.

Expectativas. Esas ideas de cómo debe ser y sentirse la vida que se interponían en mi vida. Cuando dejé de esperar que el amor se encogiera hasta caber en mi propio concepto de amor, empecé a ver amor por todos lados.

Fue así como, en medio de lo que parecía una lista de protestas que incluía llamadas que no hice, eventos a los que no asistí y momentos en los que no supe estar, vi el amor. Uno espera mucho de quien ama mucho y aquellos reclamos a lo mejor eran otra forma de decirme te quiero aquí, es mejor cuando estás. 

Desde el cariño puse un brazo de distancia para contestar: todo aquello es lo que esperas de mí, pero solo esto estoy dispuesta a dar.




V
Saber con qué quedarse



A medida que el año llegaba a su fin tuve la oportunidad de compartir con alguien que me enseñó bastante en poquito tiempo. En una de nuestras conversaciones le decía que mi prioridad en cada contacto con otro ser humano era cuidar de su corazón.

"Y también cuidar el de uno", me dijo él.

Cuidar también el corazón de uno.

Soltar es aflojar los puños, dar y hacer espacio. Significa perder el miedo a quedarse con las manos vacías.

Pensé en cierto corazón que llevaba rato cargando entre mis manos con la delicadeza de quien acaricia un pajarito herido. Y entendí que mis manos no son sitio para curar un ala. Mis manos no son sitio para enmendar tu corazón.


lunes, 7 de diciembre de 2015

El lugar más suave del universo.

the kind of love that loves a writer 
when they cannot write.

—Nayyirah Waheed




Cuando le conté que el 2015 pasará a la historia como el año en que menos escribí, me corrigió diciendo que este será el año en el que menos publiqué, porque siempre estoy escribiendo, incluso cuando no escribo. Me habló acerca de cómo me la paso trazando palabras bajo su piel, sobre cómo nuestras conversaciones tenían poco que envidiarle a la poesía.

Pero ese ni siquiera era el asunto. El tema es que el silencio era mi declaración, que después de tantos entierros, luego de presenciar ese desfile de gente muriéndose, yéndose o quedándose allí donde ya no estoy, lo único que me apetecía era alejarme del ruido...

Apretar los puños y también los labios.

Designar un espacio de calma donde velar a mis muertos.

Dejar que el tiempo los descomponga a ellos, me recomponga a mí.

Presentar como ofrenda ante un altar a ese amor estropeado por cobarde, a quienes mi afecto no pudo salvar y a la vida que no elegí.

Permitir que esa sustancia maleable de la que están hechas todas las almas se contraiga, se expanda, se apacigüe, acepte; para salir del campo de batalla con la única victoria que (me) importa: conservar mi corazón tan blando como el lugar más suave del universo.


Cuando acordamos que el 2015 pasará a la historia como el año en que menos publiqué, recorrí con mi dedo su espalda y firmé con tinta invisible: “Aquí he sido feliz”. He sido, en pasado. Como se habla de aquellos lugares a los que ya no añoramos volver.


martes, 21 de abril de 2015

El amor hace hermoso el camino, pero no nos salva.

Everything I've ever let go of
has claw marks on it.

—David Foster Wallace





La muerte es tan inmensa, tan definitiva e irremediable que no sé ni por dónde empezar a engullirla. Supongo que hay una parte de la existencia que uno prefiere no mirar porque no entiende. Me parece el mayor de los misterios eso de que en un momento dado existes y luego existes en otra parte; o lo que es peor, existes y luego dejas de existir.

Tantos años buscando el valor de x en ecuaciones de todos los grados y nadie te enseña qué cosas decirle al oído a alguien que está muriendo, o cómo sostenerle la mirada sin que se entere de que también tienes miedo. No te adiestran en cosas tan elementales como cuánta presión aplicar con tus labios sobre su frente ni cómo sujetar sus manos entre las tuyas sin que te tiemblen.

Ninguna persona te enseña, pero cuando el tiempo apremia y no hay nadie más allí que pueda hacerlo por ti, las palabras y las caricias te fluyen como si unos hilos invisibles tiraran de tus músculos de trapo.

Esto es todo cuanto sé ahora: uno siempre sabe qué hacer. Por defecto, el amor es la respuesta que le damos a la mayoría de las preguntas.

La pregunta que martilleaba mi cabeza entonces, era what the fuck?

Una y otra vez, como un pequeño mantra.

What the fuck? 
What the fuck? 
What the fuck?

El amor fue mi respuesta. 

Uno susurra palabras de amor, le sostiene la mirada con amor, le besa la frente con amor, le agarra las manos con amor y luego se las suelta. Saber vivir y dejar morir es mera cuestión de soltar.

Cuando tío murió dejó un vacío en mi familia, que es mi mundo. Verlo morir dejó ardiendo en mi conciencia la noción de que nuestra historia es un microrrelato apenas. 

Mis tíos, mi hermano, mi mami, mis seres queridos. Sigo empeñándome en colocar un posesivo delante de todos los nombres, como si en serio me pertenecieran, como si al proclamarlos míos pudiese salvarlos de todas las muertes, de las reales y las metafóricas. El amor hace hermoso el camino, pero no nos salva. Ahora entiendo que todo lo que amas será arrebatado de tus manos por el simple hecho de que nada es tuyo. Hasta tu cuerpo es prestado y tendrás que devolverlo, hecho polvo, al universo.

Lo triste es notar la ausencia y ver cómo la vida, impasible, sigue su curso. Volver al trabajo y a los bares, esperar la luz verde en los semáforos, tomarse el café como cada mañana porque el mundo continúa girando no importa qué, no importa quién.


jueves, 26 de febrero de 2015

Hay gente que cuando se va, se deja por todos lados.

To live in this world, you must be able to do three things:
to love what is mortal, 
to hold it against your bones knowing your own life depends on it;
and when the time comes to let it go, to let it go.

—Mary Oliver





De todas las expresiones sevillanas, miarma es mi favorita. Y de todas las personas que me llamaban "miarma", Isabel era mi favorita. Porque cuando ella me llamaba así lo sentía genuino, como que no lo decía por decir, sino porque algo de cariño me tenía.

Mi alma, mi-arma, miarma. El martes me enteré de que nunca más la escucharé llamarme así.

La muerte se parece bastante al silencio.

La última vez que la vi me aseguró que volvería a Sevilla y le creí. Desde entonces siempre que imaginaba mi regreso pensaba que iría a visitarla. Lo daba por sentado como si se tratase de la Giralda o de la Plaza de España y no de un ser humano envuelto en la fragilidad que nuestra condición de mortales conlleva.

Estaba esperando a que se recuperase para enviarle un pedazo del Caribe en una caja llena de chucherías y recuerdos de mi isla. Uno siempre cree que tendrá tiempo, uno siempre se equivoca.

Gran parte de la magia que me regaló esa ciudad se la debo a ella porque se la debo a él. Sin embargo, más allá de ser quien traería al mundo a ese niño que luego se convertiría en el hombre al que tanto he querido, fue una de esas personas que me abrió las puertas de su casa cuando estuve lejos de la mía, que le bastó saber que la lasaña era mi plato favorito para incluirla con mayor frecuencia en el menú y quien me conmovió con su corazón tan fuerte y dulce como un caramelo de menta.

"El invierno se lleva a mucha gente", me dijeron una vez. Pero existen cosas que el invierno jamás se podrá llevar. Hay gente que cuando se va, se deja por todos lados. La muerte no se parece en nada al olvido. Cuando regrese a Sevilla, Isabel estará allí, como está aquí en Santo Domingo y en todos los rincones donde habita alguien que la quiere. Donde habita alguien que siempre la va a extrañar.


lunes, 2 de febrero de 2015

Oceánica

And I asked myself about the present:
how wide it was, how deep it was,
how much was mine to keep.

—Kurt Vonnegut





Fuimos al mar, al mar contaminado de la ciudad. La oscuridad de la noche apenas nos permitía distinguir la espuma blanca chocando irascible contra las rocas, pero estábamos frente al mar y eso bastaba. El océano es un lugar sin cadenas, no tiene dueño. Tal vez por eso despierta en mí cierto sentido de pertenencia.

Fuimos al mar. Los tablones del muelle crujían de dolor con nuestras pisadas. Entre tabla y tabla, el mar. Frente a nosotros, el mar. En nuestros ojos, también el mar. Dentro de mí, un hueco. 

El Diccionario de la Real Academia Española registra más de 88.000 palabras, pero ninguna me servía para nombrar ese vacío, que frente a aquella inmensidad se me antojaba tan pequeño.

Hasta que de pronto se me aligeró la carga. Algunas cosas se quedaron flotando allí, las vi disolverse entre las olas como un puñado de sal. Si bien la vida no te da lo que le pides exactamente cuando lo quieres, al menos te da las herramientas para lidiar con la maldita espera. Como mi impaciencia es de magnitud oceánica, la vida me ha dado el mar. Junto a una adicción a la cafeína que me obliga a salir de la cama y gente que me obliga a salir al mundo.

Una luna brillaba en el cielo, otra luna flotaba en el agua. Es posible tenerlo todo, pero no al mismo tiempo. Era eso lo que me tocaba aprender, a reconciliarme con mi lugar en el universo, a dejar de pretender reducirlo todo a una palabra, a calmar mis ansias nómadas chupando caramelos de paciencia.

Fuimos al mar y el presente se tornó profundo y ancho, haciéndome espacio. Fingiendo ser Rose en el Titanic, extendí los brazos gritando I'm flying, Jack! mientras la brisa cargada de salitre se me quedaba enredada en los rizos.

Cerca del amanecer me preguntó qué quería hacer y le dije "quiero irme a casa", aunque ni yo misma supiera dónde estaba ese lugar.


miércoles, 31 de diciembre de 2014

El año en que aprendí a confiar.

Sometimes your only available transportation
is a leap of faith.

—Margaret Shepard




I

En mi último día en España tuve que arrastrar un año entero de maletas por Madrid. El peso era mucho más de lo que este cuerpecito flaco puede cargar durante un recorrido subterráneo que incluía dos cambios de tren en unas estaciones repletas de escaleras y carentes de ascensores. Pero parecíamos invisibles, mis maletas y yo. Excepto cuando íbamos en el vagón y era imposible que nos ignoraran.

"En todas partes pone que en el metro está prohibido cargar con maletas y como quiera lo hacen", oí decir a una carajita que obviamente no estaba en el proceso de mudarse a otro continente.

¡Como si yo estuviese allí cargando todas esas porquerías por gusto! Por amor al arte. Para que el chofer de mi limusina se tomase la tarde libre.

En la última escalera de la última estación me di cuenta de que humanamente ya no podía más. Con los hombros, la frente y la moral abajo, pedí (supliqué) por intervención divina.

"¿Necesita ayuda?", me dijo un sacerdote.

¡Un sacerdote!

Por si acaso me cabía alguna duda de que fue Dios mismo quien respondió a mi oración.



II

"Si me conviene, que se me dé", pensé.

Y se nos dio.



III

Mi ritual para iniciar un nuevo año va más o menos así: Regalar cosas viejas para hacerle espacio a cosas nuevas. Limpiar mi habitación. Arreglarme de pies a cabeza. Estrenar ropa interior que caiga bajo mi propia categoría de "sexy". Anotar mis resoluciones. Decirles a las personas que han sido importantes para mí durante el año lo importantes que han sido y por qué.

Esta vez, dentro de todo el guay-mi-mai de pa' dónde es la fiesta, pa' dónde vamos y qué haremos para iniciar el año, empecé a cuestionarme lo siguiente:

¿Cuál es el afán de hacer del 31 de diciembre una noche loca?

Total, que si el año va a ser una mierda, va a ser una mierda.
Y viceversa.

Da igual, la pasaremos bien igual.

El año llegará igual y traerá consigo lo que va a traer.

365 días de magia.



IV

En la vida uno toma decisiones que jamás sabrá si han sido las decisiones más inteligentes. En mi caso, regresar cuando regresé me parecía una de ésas.

Justo al día siguiente llamaron a casa.

Siempre he pensado que cuando alguien llama para dar malas noticias el teléfono suena de manera distinta, como si en lugar del típico ring ring sonase una marcha fúnebre.

Leí por ahí que cuando una persona se enferma de cáncer, es como si todos sus seres queridos se enfermasen también.

Entonces, en medio de nuestra lucha, le recuerdo que hay que vivir un día a la vez, que nada de esto está supuesto a ser fácil, que a la hora de la verdad ni siquiera el que está sano sabe las bocanadas de aire que le quedan.

Y de paso me lo recuerdo a mí misma. Que no sé, que no tengo que saber.

"¡Qué bueno que estás aquí!", me dijo.

Qué bueno que estoy aquí.



V

Figúrate esto: 31 de diciembre del 2013 en una de nuestras ciudades favoritas del mundo. Violeta y yo buscábamos a Jean Mitchell entre la multitud. Faltaban apenas minutos para la medianoche y entendimos, a nuestro pesar, que era imposible encontrarlo antes de que terminara el año.

Nos abríamos paso entre la muchedumbre y Violeta dudaba de si encontraríamos espacio para acomodarnos más adelante. "Sigue avanzando.", le dije, "Confía".

Al pronunciar esas palabras, alguien me tomó del brazo y me repitió fuerte al oído "¡CONFÍA!"

Ese alguien era Jean Mitchell.

Así fue como el 2014 nos encontró a los tres de la misma forma en la que nos ha dejado: juntos.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El cariño tiene un lenguaje bastante simple.

Pero el amor, esa palabra...

— Julio Cortázar




Empecé a tomar café el mismo año en que aprendí a leer y a escribir. Una de esas tardes de verano mi abuelo y yo instauramos una pequeña tradición entre los dos: Cada vez que llegaba la hora del café, él tomaba el platillo sobre el cual reposaba su taza, vertía una pequeña cantidad de líquido en él, lo soplaba lo suficiente como para que el calor no me quemara los labios y, finalmente, me lo daba a beber.

Últimamente he estado atrapada en ese instante de complicidad que compartíamos. Pienso en esa niña bebiendo de un plato, y también en lo absurdo de la situación. Pienso en cómo construimos nuestros mejores recuerdos sin darnos cuenta, en la sencillez de ese gesto y en la belleza de su significado.

El cariño tiene un lenguaje bastante simple, en serio. Llegado el momento todos sabemos hablarlo con fluidez. Estamos codificados para extender nuestras manos en dirección al platillo y sorber hasta la última gota.

Este año he tenido que redefinir el amor unas cuantas veces. He tenido que replantearme lo que estoy dispuesta a aceptar por amor, a soltar por amor, a dejar de hacer por amor, a decir por amor.

Me he visto forzada a reconocer que así como el amor es el amor, la realidad es la realidad y se lo traga. No importa cuán inmenso.

Y sin embargo, aquí estoy. Aunque lo que tenga para ofrecer sea tan poca cosa y tan disparatado como darle café en un plato a un niño. Porque en ocasiones sólo un poco es todo lo que uno necesita.

Confío en que cuando se trata del corazón hablamos el mismo idioma. Sé que esa vieja costumbre era la forma de mi abuelo decirme que me amaba. Sabes que a veces mandar un chiste por WhatsApp es mi forma de decir todavía pienso en ti.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Enamórate de un tipo que tenga un nombre raro, por favor.


Meanwhile
I'll have savored you like an oyster
memorized you
held you under my tongue
learned you by heart
So that when you I leave
I'll write poems.

—Sandra Cisneros




Tengo una memoria selectiva capaz de almacenar un reguero de detalles inservibles. Como la canción que canturreaba mientras descendíamos las escaleras del Teatro Quintero, o la forma en que me preguntó si no me importaba que mis amigos me viesen así con él la primera vez que nos tomamos de las manos.

Tampoco se me olvidan las fechas, como el 8 de noviembre, el 20 de diciembre o el 21 de febrero. Eso, junto a una interminable lista de elementos aleatorios que me evocan su recuerdo como un puñado de maíz atrae a una bandada de palomas:

Las películas de Woody Allen, la gente que anda en bicicleta, el jazz, los mariscos, el vino blanco, el licor de hierbas, el Jägermeister, las velas que venden en Ikea, Tailandia, las plantas tropicales de interior, los haters y todas las fechas especiales que nos negamos a celebrar, Martin Amis, Murakami, esta canción de León Larregui, León Larregui, las cremas con parabenos, las revistas de National Geographic, la danza contemporánea, la pasta Colgate Herbal, el jugo de tomate, el café descafeinado, Krusty el payaso, el área verde en las afueras del museo de arte, las tostadas con jamón, las máquinas expendedoras de tabaco, bla, bla, bla.

Bla.


Encima tengo que lidiar con su nombre, que me sale hasta en los empaques de salchichas para hot dog. Porque como a mí nunca me puede gustar un Pioquinto o un Shanarani me pasa eso, que me jodo.

Es curioso, porque la primera vez que coincidimos en un mismo espacio no me percaté de que él estuviese allí. No me percaté, pero él me obligó a mirarle. Y a partir de ese momento jamás he podido ignorar su presencia en ningún lado.

Ni siquiera allí donde no está.


jueves, 16 de octubre de 2014

Volver a Santo Domingo debe ser algo muy parecido a volver con un novio que te daba golpes.

Tres cosas que se me parecen a volver a Santo Domingo 
después de haber vivido una temporada fuera: 

1) La depresión post-parto. 
2) Cuando Rihanna volvió con Chris Brown. 
3) Que se te caiga la bola de helado de la barquilla 
(al primer lengüetazo).





Mi mejor amiga me lo advirtió en un instante de luz y sabiduría: "En el momento en que las ruedas de ese avión choquen contra el suelo dominicano tú vas a sentir como un gusano que te sube por el culo" (Evangelio según San Nicole; 4:1). Es verdad. Dios sabe que es verdad.

Sólo que se quedó corta porque no es un gusano lo que te sube,
es una anaconda.

Salvo ella, nadie se tomó la molestia de hacer el énfasis suficiente en lo difícil que iba a ser esto. Tampoco nadie me ha facilitado algún manual de instrucciones que me ayude a sobrellevarlo.

Lo que nos tira de cabeza a mi auto-aprobada lista de:


Tips para sobrevivir al regreso a casa luego de estudiar en el extranjero.


1. No tienes la obligación moral de anunciar a tus allegados la fecha de tu regreso.
Tienes derecho a guardar silencio. A lo mejor pocos lo entiendan, pero la emoción que genera en los demás la noticia del regreso de uno resulta insoportable. Algunos preferimos no ver a la gente que amamos alegrarse por nuestras desgracias.

2. Reserva una parte de tus ahorros para que tengas con qué manejarte en lo que consigues empleo.  
Hazme caso. Si hay algo peor que volver a casa de tus padres, es volver a casa de tus padres y tener que pedirles dinero.

3. Deshaz las maletas lo antes posible.  
A la mañana siguiente, por ejemplo.

4. Date cuenta de todo lo que te sobra. 
Al pasar un año de tu vida viviendo de una maleta y media, adquieres la noción de toda la mierda que tenías y que realmente no necesitabas. Hay mucha gente ahí afuera que carece de la ropa que ni te acordabas que habías dejado en el armario. Despréndete.

5. Hazte a la idea de que aparentemente a nadie le importa tu nuevo logro académico. 
Tus amigos y familiares te preguntarán por la (real o hipotética) relación sentimental que dejaste allá antes de preguntarte por el máster que fuiste a hacer. "¿Y tu novio?" "¿Seguirán juntos a distancia?" "¿Cuándo viene a visitarte?".  ¿Que cómo te fue en tu maestría? Nop. A nadie le importa.

6. Dale una segunda oportunidad a tu ciudad. 
Descubre los nuevos locales que abrieron mientras estuviste fuera y visita tus restaurantes favoritos. Tú no eres el mismo que se fue y tu ciudad, en cierta forma, tampoco es la misma que dejaste.

7. Déjate querer.
Serás la sensación del bloque por un tiempo. Saldrás y reencontrarás viejos amigos que se sorprenderán de verte en el país y te van a dar un abrazo más apretadito que de costumbre. Créeme cuando te digo que la parte más linda de extrañar a alguien es el reencuentro.

8. Reparte copias de tu Currículum Vitae como si fuesen cupones de descuento para pizza. 
Para más información, vuelve a leer el punto #2.

9. Tómate tu tiempo.
Es probable que sientas una especie de desconexión con todo y con todos. El regreso provoca una sensación interior extraña, como que "Ah, esta es mi vida. De nuevo". 

10. Recuerda que el universo te pone donde el universo te necesita.  
Intenta ser útil donde sea que estés, identifica aquellas cosas que puedas aportar y colócalas sobre la mesa. Es cierto que hay lugares que te ayudan a ser feliz más que otros, pero que en otro sitio sea más fácil no quiere decir que aquí sea imposible.


En caso de que todo lo anterior falle, recuerda que los aeropuertos, los aviones y el resto del mundo siguen ahí.

Esperándote.


martes, 16 de septiembre de 2014

A veces la vida nos invita a dar un salto.

"And if he wants to leave
 then let him leave.
 You are terrifying 
 and strange and beautiful
 something not everyone knows how to love."

—Warsan Shire







Creo que lo que nos pasó es algo muy parecido a cuando llevas toda la vida llamándole zanahoria a los pepinos, y cuando al fin tienes una verdadera zanahoria enfrente no la sabes reconocer.

Quizá lo que nos pasó es que la estupidez humana tiene mayor alcance del que soy capaz de aceptar y cuando te dije que para construir una relación debemos estar dispuestos a ensuciarnos las manos, elegiste la pulcritud de tu soledad al caos de mi compañía.

A lo mejor es mentira que el amor no tiene edad y no somos más que una patética versión moderna de Peter Pan y Wendy.

Quizá, a lo mejor, creo yo.

Sólo sé que a veces la vida nos invita a dar un salto, y en ese momento, quizás, lo importante no es saber dónde vamos a caer, sino con quién decidiremos lanzarnos al vacío.

Y posiblemente querrás sostener mi mano para saltar, y probablemente ya no la encuentres.

Porque aunque no lo tengas claro, yo soy la zanahoria.

Yo soy la maldita zanahoria.

lunes, 11 de agosto de 2014

El amor también es esto.

"You don't protect your heart
by acting like you don't have one."





La primera vez que caí en cuenta de que le había permitido quebrar algo en mi interior, me encontraba tendida junto a él.

Era mayo y estábamos mareados por tanto alcohol.

Soy incapaz de recordar muchas cosas sobre aquella noche, salvo la soledad. La noción de tenerlo a mi lado y sentirme sola.

Empecé a llorar como hago cuando no puedo hacer ninguna otra cosa y el muy idiota confundió el vaivén de mis hombros con frío. Cubrió mi cuerpo palpitante con una manta hasta que sus dedos se hundieron en mis lágrimas, haciéndole entender la otra clase de frío que me hacía temblar.

Desde que era niña, cada vez que miraba las estrellas les pedía por alguien. Incluso cuando me hice adulta y estaba saliendo con este tipo o el otro, seguía pidiendo lo mismo: alguien.

Desconozco desde cuándo la humanidad ha estado otorgándole a las estrellas la responsabilidad de escuchar y cumplir nuestros deseos. Sólo sé que, desde que nos encontramos, he dejado de pedirle a los astros que cierren la brecha de mi soledad. Porque entendí que querer estar con alguien no es conformarse con cualquiera. 

Que te quieran a su manera y que no te quieran es la misma mierda con olor distinto, pero el amor también es esto.

«A veces siento que no estoy hecha para el mundo», le decía a mi mamá por teléfono hace unos días. «No estoy hecha para vivir en un lugar en el que tenga que desligar mis sentimientos de todo, incluso de mis afectos.»

Porque la cuestión es que yo creo en el amor.

Y creo que el amor quiere durar para siempre, aunque no dure.


viernes, 11 de julio de 2014

24 cosas que aprendí antes de cumplir mis veinticuatro.

"There are years that ask questions,
and years that answer."

—Zora Neale Hurston





1.
El universo no tiene por qué tener sentido para ti ahora. Todo lo que existe está ahí para maravillarte, no para que le atribuyas un significado. 

2. Existen cosas que no tienen explicación porque no las necesitan.

3. Basta con dar libertad a tu bestia interior de devorar cuanto le apetezca: experiencias, arte, labios, libros. Alimenta tu alma sin miedo.

4. Es preciso tener corazón y bajo ninguna circunstancia olvidarse de cómo usarlo. 

5. Estoy perdida. Perdida con cojones. Pero perdida en la dirección correcta.

6. Vale más ser poesía que escribir poemas.

7. En algún momento de la vida adulta (y cuanto antes, mejor) hay que aprender a perdonar a sus padres. Ellos han hecho lo mejor que han podido con los recursos que tenían a mano. 

8. No hay nadie en el mundo que me quiera más que mi mamá y creo que nunca dejaré de necesitarla. De ella heredé un corazón compasivo, dos pies en la tierra y diez dedos en las manos que no se cansan de trabajar. 

9. Deja de juzgar el camino de las demás mujeres por amor a los pelos de la barba de Jehová.  Quedar embarazada (intencional o accidentalmente) no es el fuckin' fin del mundo. Exige un coraje extraordinario decidir ser mamá, al igual que decidir abortar porque aún no estás lista para serlo. El sueño de mis amigas de formar una familia cuanto antes es tan válido como mi sueño de experimentar el mundo y documentarlo por escrito.

10. Si tienes que llorar, llora. No importa si se trata de una noche entera, o gritos ahogados alante de la gente en el vagón del metro. Son lágrimas, no ácido muriático. Déjalas correr. 

11. Solía pensar que yo era ¡oh, tan madura!  ¡oh, tan adulta! Y en verdad no. Me falta tanto, no jodas. Tanto camino delante, tantas debilidades que trabajar y versiones mejoradas de mí misma que sacar a flote. 

12. Confía. Ten la seguridad de que todo lo que pasa es lo mejor que podía haber pasado.

13. No subestimes a los desconocidos. Las personas que más amas en este mundo empezaron por ser sólo unos extraños alguna vez.

14. Si crees que es gay, es gay. Y si no lo es, como sea no te quiere. Sigue con tu vida, mamita.

15. Como regla general, no creas en un hombre que no crea en las mujeres.

16. Lo que nos hace felices es compartir y no sabernos solos. Una mirada, un abrazo, que te tomen de la mano, que se rían de tus chistes... Estas son las cosas que verdaderamente importan.

17. El mejor acondicionador para desenredar el cabello rizado es la paciencia.

18. Si soy fuerte, es porque mis amigos son fuertes. Si estoy feliz, es porque mis amigos me han contagiado su alegría. Vale la pena invertir todo el tiempo que sea necesario en la construcción de relaciones hermosas y genuinas.

19. Si no consigues ser feliz en donde estás, no vas a conseguirlo en ningún lado.

20. Las relaciones amorosas que no llegan a materializarse son las más peligrosas. Cada vez que vuelvas a ver esa persona sentirás que es el amor de tu vida. Pero él no es el amor de tu vida. Pasa que has tenido más tiempo para pensar en él que para estar con él y lo tienes idealizado. A ver qué gallo canta cuando descubras a qué huelen sus peos y tengas que lidiar con sus mañas.

21. No puedes ser perfecto, pero ser bueno ¿qué te cuesta?

22. Escribo sobre las cosas que duelen porque ya hay demasiado Paulo Coelho por ahí intentando animar a los demás. Escribo sobre lo que no me atrevo a decir porque deseo que quien me lea se sienta menos solo mientras me ayuda a sanar mi propia soledad.

23. "Nadie escoge su amor, nadie el momento. Ni el sitio, ni la edad, ni la persona".

24. La persona que estás buscando está buscando a alguien como tú. Una vez la encuentres, sé valiente.



miércoles, 2 de julio de 2014

El universo tiene la manía de sacudirse con rabia justo cuando todo está en calma.

"Insanity is a very tempting path for artists,
but we don’t need any more of that in the world at the moment, 
so please resist your call to insanity." 

—Elizabeth Gilbert





Recuerdo que sucedió a principios de 2012. Estaba en el quinto sueño abrazando a las ovejas cuando me desperté al sentir que mi cama se tambaleaba: un plácido temblor de tierra. De esta manera funciona el cosmos. El universo tiene la manía de sacudirse con rabia justo cuando todo está en calma. Y cuando menos te lo esperas siempre resulta ser el momento perfecto. 

Fue así como ayer me encontré sentada con las manos sobre las rodillas, hiperventilando e incapaz de localizar en mi interior algún motivo, por pequeño que fuese, para vivir.

Porque, claro, en lugar de preocuparme por las rebajas de verano, me dediqué a intentar buscarle un sentido a la vida. Yo, sentada en el salón de mi casa. Cuando Mahoma se fue a la montaña, Jesucristo al desierto y Buda a mendigar por las calles para encontrarlo.

El sentido de la vida (y sobre todo la falta de sentido de la vida) es una cuestión que me sobrepasa en tamaño y fuerzas. Ninguna resolución que mi cabeza consigue generar me satisface. Las cosas que la gente se dice a sí misma para sentirse mejor, a mí me saben a mierda. Porque estoy consciente de que nadie es imprescindible en la vida de nadie y porque el mundo va a seguir girando yo publique o no mis libros, yo alcance o no mis insignificantes sueños. Esa es una verdad innegable, y su peso me cayó tan fuerte que por más que respiraba, el aire no encontraba el camino hacia mis pulmones.

El suelo tiende a desvanecerse cuando crees que has llegado a tierra firme. Justo el día en que alguien me dijo "estoy enamorada de tu vida", me vi de pie frente al umbral de algún tipo de desequilibrio mental. Pero no me pienso dejar joder. Cerré esa puerta y estoy corriendo con todas mis fuerzas en dirección contraria.

Si repites una y otra vez la misma palabra, ésta pierde todo su significado. Llega un momento en el que sólo escuchas un ruido extraño carente de sentido. A lo mejor sucede lo mismo con nuestra existencia y de tanto intentar encontrarle un propósito, el propósito se nos escapa. Se convierte en una sustancia amorfa y vulgar.

Anoche también me pasó algo curioso. Una desconocida me envió un mensaje por error, confundiendo mi número con el de una amiga. Era un párrafo en el que, entre otras cosas, le pedía que orara por alguien. Le contesté que se había equivocado de contacto, pero que de todos modos tendría pendiente a esa persona en mis oraciones. Cuando me agradeció el gesto, me sorprendí a mí misma diciéndole: "si no estamos en el mundo para ayudar a los demás, no sé para qué estamos".

Y aquí estoy. En el mundo. En el mismo que habitan los conejos, los perritos y el agua salada de los océanos. El que mueve el amor y donde, para bien o para mal, nos necesitamos los unos a los otros.

El mundo que me llena de preguntas sin ofrecerme la más mínima respuesta.

Pero mientras siga sonando la música, hay que bailar.


martes, 24 de junio de 2014

Un lugar tan silencioso que hace que te zumben los oídos.





Creo que pocas personas de mi edad tienen la suerte (o la desgracia, según sea el caso) de saber lo que estaban pensando el 6 de junio de 1999. Yo sí.

Encima de mi armario conservo varios cuadernos de cuando era pequeña. Están llenos de poemas. Escritos con letras torcidas, con tinta naranja y con mucha, mucha rabia. Leer alguno de ellos es acariciar la colección de cicatrices que llevo en las rodillas.

Hace unos días Ana me preguntó sobre el proceso que tuve que atravesar en la vida antes de decidir que quería dedicarme a escribir. Pero la cuestión es que yo nunca lo elegí.

Escribo porque no tengo otra opción. Nunca me la dieron y, honestamente, jamás la quise.

Para mí, este siempre ha sido el camino fácil.

Y sin embargo, escribir ha sido el camino más difícil.


Si seis años atrás alguien me hubiera dicho que me iba a mudar al otro lado del mundo con la intención de convertirme en guionista, no le hubiese creído; pero al mismo tiempo hubiese estado convencida de que me decía la verdad. Porque no importa dónde pise, este camino siempre encuentra la manera de llegar hasta mis pies.

La aceptación es un lugar tan silencioso que hace que te zumben los oídos. El año pasado acepté que no tenía que elegir entre la publicidad y la literatura, que una cosa no excluía a la otra. Reconocí que quería dedicarme a escribir historias aunque nunca llegue a vivir de ellas, y como si el universo estuviera de fiesta, empezaron a abrirse ante mí todas las puertas: el máster en guión y narrativa, el curso de creación literaria, la escritura creativa.

A mí también me inunda la incertidumbre, pero escribir es precisamente esto de sentarme a contar lo que es el mundo, aunque todavía no lo sepa.